
En febrero de 1909 el Partido Socialista de Estados Unidos organizó el primer Día de la Mujer. La militante comunista alemana Clara Zetkin organizó al año siguiente el Día Internacional de la Mujer, el cual empezó a convocar anualmente a miles de mujeres de varios países hacia finales de febrero/principios de marzo. El 23 de febrero de 1917 las mujeres rusas utilizaron el Día Internacional de la Mujer como para llevar a cabo una serie de protestas por el pan y por la paz, pidiendo un fin a la escasez de alimentos, la primera guerra mundial y el zarismo. Siete días más tarde el zar abdicó y el gobierno provisional estableció el sufragio femenino. Más de un siglo más tarde aquel día ―sabemos― se sigue observando internacionalmente todos los 8 de marzo.
Pero ¿por qué el 8 de marzo si ocurrió el 23 de febrero? Si bien estos sucesos llevan el nombre de "Revolución de Febrero", es porque hasta el momento Rusia utilizaba el calendario juliano. Este calendario lleva su nombre por Julio César, quien reemplazó el antiguo calendario romano, que tenía 355 días y, para suplir la falta, intercaladamente se agregaba un mes adicional, llamado Mercedonius o Intercalaris. Es decir, un sistema algo confuso. El nuevo calendario juliano, en cambio, se parecía mucho al nuestro. Tenía 365 días y hasta años bisiestos cada cuatro años. Para adoptarlo primero tuvieron que hacer un año de 445 días (el año 46 A.C. realmente no se terminaba más) para compensar todos los meses intercalados que se les habían pasado. Y una vez terminado este año eterno arrancó el primer año normal, el 45 A.C..
La adopción de los años bisiestos tenía la lógica de compensar el desfasaje entre los 365 días que tiene un año y la duración real de la vuelta al sol (≈365,25 días). Ese cuarto de día adicional atrasaba el calendario casi seis horas al año, lo cual era subsanado por un día adicional cada cuatro años. Más allá de los problemas iniciales con la adopción de este calendario (como la incorporación irregular en las distintas regiones o los curas que agregaban el día adicional cada tres años en vez de cuatro), el calendario anduvo bastante bien por varios siglos. Hasta que se chocó con el eterno problema del desfasaje. Ese cuarto de día adicional que dura el año no son seis horas ni tiene la misma duración cada año. A lo largo de varias décadas podemos observar que el promedio es de 365,2422 días, no 365,25. El calendario juliano perdía 11 minutos por año lo cual significaba un día de error cada 128 años.
En 1582 el papa Gregorio XIII decretó la adopción de un nuevo calendario con un nuevo cálculo matemático para los años bisiestos. En lugar de sumar un día cada cuatro años sin excepción, planteó que se añada un día cada cuatro años, excepto en los años divisibles por 100, pero sí si los años son divisibles por 400. 1800 y 1900 no fueron bisiestos pero el año 2000 sí lo fue. Los países católicos adoptaron el nuevo calendario de inmediato pero otros se resistieron y les llevó un tiempo pasarse al nuevo sistema. Para cuando inició el siglo veinte, el calendario juliano que todavía empleaban los países de Europa del Este llevaba trece días de retraso respecto del gregoriano. Por esto las revoluciones de febrero y octubre de 1917 fueron “en realidad” en marzo y noviembre.
Yo pasé toda mi vida pensando que era de cáncer. Nací un día de junio, me dijeron “sos de cáncer” y lo acepté. Muchos años más tarde la CIA inventó la luna y el ascendente para desviar la atención sobre que ellos mataron a Kennedy y de golpe tuve que aprenderme dos nuevos signos. Así entendí que “mi signo” era el solar, determinado por la posición del sol al momento de mi nacimiento pero también había otros astros dando vueltas por el espacio. Con el calendario pasa algo similar, elegimos el sol pero podríamos haber visto en qué anda la luna.
Como nuestro satélite da una vuelta a la tierra en 29 días y medio aproximadamente (el problema del y pico), los calendarios que se rigen por la luna comúnmente alternan meses de 29 y 30 días. Como el sol sigue rigiendo las estaciones del año y doce meses lunares quedan cortos y no llegan a 365 días, cada algunos años se añade un mes para que grosso modo el calendario no se desfase demasiado del año tropical (práctica que se conoce como embolismo, término divino que aprendí investigando para esta entrada). Ejemplos de estos calendarios lunisolares son el hebreo y el chino. El ajuste puede también omitirse por completo, lo cual lleva, en el caso del islam, a tener un calendario civil para lo civil (el gregoriano) y uno religioso para lo religioso (el calendario islámico o Hijri)1.
Según este relato que hice parecería haberse dado una maoísta campaña de las cien flores (“Que cien flores florezcan, que cien calendarios compitan”) en la que ganó el calendario gregoriano por superioridad intrínseca. Pero, ¿quién determina cuál es el mejor calendario? Yo, Sue Sylvester. Y yo digo que hay un calendario superior (e insisto con que no soy autista). Lo mejor es que no tenemos que inventar nada, pues ya se ha diseñado. Entonces, como un religioso que va puerta a puerta a convencer a las personas de que las buenas nuevas ya se han anunciado, yo procederé a defender a mi campeón: el calendario republicano francés.
Hace algún tiempo una tendencia instaba a la gente a preguntar ¿cuán seguido pensás en el imperio romano? Si bien pienso relativamente seguido en Roma y su influencia, mi Imperio Romano es probablemente la revolución francesa. Este hito de la historia universal, germen de nuestra sociedad contemporánea, atestó el golpe mortal al antiguo régimen. Y así como Luigi Mangione el justiciero que mató al CEO de UnitedHealthcare escribió “Delay”, “Deny” y “Depose” en los cartuchos de las balas, los jacobinos inscribieron “Decimal” en uno de los clavos del ataúd del feudalismo. La decimalización supuso la conversión de todas las medidas a un sistema de base 10, como el sistema métrico. Sin ella seríamos todavía una sociedad bárbara, atrasada, todavía no civilizada, como los Estados Unidos.
La Revolución Francesa quiso dar por tierra con todos los resabios del ancien régime, incluyendo, claro está, el del cristianismo, pero también las medidas no estandarizadas de moneda, distancias y peso. Fueron pioneros en la adopción del metro, y en el siglo diecinueve el resto de los países del mundo (a excepción del Reino Unido y los Estados Unidos2) comenzaron a adaptarse al nuevo sistema. El furor por el sistema métrico era tal que parecía un nuevo prisma a través del cual ver la realidad: todo lo que pueda ser medido deberá medirse utilizando fracciones y múltiplos de 10. Esto debía corregir las erráticas unidades utilizadas para medir longitud (las unidades relativamente estandarizadas se basaban en la toesa, como los pies, pulgadas y líneas, pero otras como las leguas variaban según la región), superficie (utilizaban unidades como el arpende, que variaba según se usara en París o en el interior o pies y toesas cuadrados), volumen (pintas o boisseaus), peso (onzas y libras) y la moneda (ni en esto eran capaces los antiguos franceses de dividir por diez la libra). El metro, el área (la hectárea representa cien áreas), el litro, el gramo y el franco reemplazaron, respectivamente, estas feudales formas de medir la vida.
¿Qué es esto? ¿Lo puedo decimalizar? Todavía quedaba una piedra por dar vuelta en la batalla contra los números no redondos: el tiempo. Nuestro sistema actual es sexagesimal, un minuto son 60 segundos, una hora 3600 segundos, un día 86.400 segundos, un año 31.536.000 de segundos y un siglo (gregoriano) alrededor de 3.155.695.200 segundos. ¿No sería posible —y deseable— decimalizar esto también? Sí, se puede y sería lo mejor. El impulso revolucionario puso manos a la obra y declaró el tiempo decimal, con días de diez horas, horas de cien minutos y minutos de cien segundos. A su vez se creó un nuevo calendario, con semanas de diez días y doce meses de tres semanas.
Llegó el momento más divertido de la revolución (después del de matar a los reyes), ponerle nombre a los meses y días. Para los nuevos días, nombres numéricos sin reminiscencia a ningún astro ni dios: primidi, duodi, tridi, …, décadi. Para los meses, nombres bucólicos con referencias a la naturaleza y el clima de esos meses. Cada estación tenía un sufijo. Estas líneas están siendo escritas el primer día del año, 1 de vendimiario, nombrado en honor a la vendimia3. Le siguen brumario (por la bruma que predomina en el otoño), frimario (de frimas, helada), nivoso (por las nevadas invernales, obviamente), pluvioso (por las lluvias frecuentes), ventoso (por los vientos del final del invierno), germinal (por la germinación de las semillas al comienzo de la primavera), floreal (para celebrar las flores), pradial (por ser el período en el que los prados exhiben su máximo verdor), mesidor (del latín messis, cosecha), termidor (del griego thermē, calor; llamado al principio también fervidor, calor que hierve), y finalmente fructidor (por la abundancia de frutas).
Como Francia, siendo un país católico, observaba tradicionalmente el calendario litúrgico de los santos, con cada día asociado a uno o más santos (ayer, 21 de septiembre, día de la primavera, fue el día de San Mateo), la revolución en su anticlericalismo también introdujo un calendario rural con un nombre para cada día con animales, plantas, herramientas agrícolas o minerales. Así quedaron establecidos los días y los meses. Ahora bien: 10(días)x12(meses)x3(semanas)=360 (Bumpin’ that). Faltan días. ¿Qué hacer con los días restantes para lidiar con este planeta que se resiste al número redondo? La solución fue añadir cinco o seis días como días complementarios al final del año como jornadas de celebración, que recibieron el nombre de sansculottides (días de los sans-culottes). Cada día celebraba algo distinto: el genio, la virtud, el trabajo, la opinión y en los años bisiestos un día de la revolución.
El calendario no duró mucho. Napoleón decidió, en un intento de reconciliación con la Iglesia Católica, dar por concluido el experimento del calendario republicano el 22 de frutidor del año XIII (o el 9 de septiembre de 1805). Ya en 1795 se había claudicado con el tiempo digital y retornado a los días de veinticuatro horas y en 1801 volvió a los días católicos de la semana. Firmando la abolición del calendario republicano Napoleón desestimó criminalmente el valor simbólico que representaba que el establecimiento de la primera república francesa hubiera coincidido con el equinoccio de otoño de 1792 (21 de septiembre), lo cual llevó a establecer el primer día del primer año de la era republicana (o la “edad de la razón”) el 22 de septiembre de ese año. También dio por tierra con la carga emancipadora del calendario, firmando su acta de defunción con tal de ser obsecuente con el Papa.
La Comuna de París, establecida en 1871, reconoció que independientemente de la deriva reaccionaria y cesarista del Segundo Imperio los ideales revolucionarios de 1789 seguían vigentes. Durante su efímera existencia, y como parte del primer experimento de una sociedad socialista, dieron su lucha en cuanto frente estuvo a su alcance y dadas su fragilísima situación considerando la fuerza de sus enemigos en el frente interno y externo. Por su osadía será eternamente ensalzada como heraldo glorioso de una nueva sociedad. En un acto simbólico, pues es algo no menor en nuestras vidas, volvieron a instaurar el calendario republicano. Tanto el Journal Officiel como otras publicaciones usaron los meses viejos y aclararon que se publicaban en el año 79.

Kant planteaba que el tiempo es una forma a priori de la sensibilidad, necesaria para cualquier cognoscibilidad. Justamente por eso es tan importante reflexionar sobre cómo lo medimos. Y quizás tenga razón mi amigo Josh, cuando me dijo Calendar discourse is why the left has lost the working class, pero yo creo que batallas más fútiles han sido dadas y que es útil para pensar sobre aquello que damos por natural. Aunque la Comuna haya sufrido el destino de Ícaro, las llamas de su espíritu son imposibles de apagar. Estas entradas que escribo casi como un juego son asimismo una proclama por la vida, la plenitud, surgen de una búsqueda por conectar con algo de la esencia humana, una pulsión vital y una mirada hacia el futuro. Nunca nada, y mucho menos las convenciones del pasado, me impedirá soñar con un mundo mejor.
Cito de mi copia del Corán: “Ciertamente, el número de meses del año (lunar) para Al-lah es de doce, como decretó cuando creó los cielos y la tierra” (Sura 9, aleya 36).
Fuera ingleses de Malvinas y fuera yanquis de América Latina intensifies.
Muy llamativamente este año coincide con Rosh Hashanah, el año nuevo judío.