Bob Loblaw's Law Blog

Return to monke

Recuperemos los valores


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Cada año nuevo auguro el retorno de lo analógico. Grito a los cuatro vientos que la hiperconectividad no va más. Insto a la gente a, como yo, abandonar Instagram. Y, no obstante, me choco con la realidad de que es muy difícil y quizás imposible en el corto plazo vencer este sistema diseñado para exprimir nuestros receptores cerebrales de dopamina con el objeto de secuestrar en pantallas nuestra atención. Tal vez, sin embargo, haya algo en la resistencia al paradigma de la conexión constante y el deseo (Do you ever yearn?) de desconectarse, o, aunque más no sea, conectarse, pero desde otro código. Aunque no se trate de un clima de época, posiblemente constituye un fenómeno digno de analizar.

Las pantallas son cada vez más adictivas. Y más ojos que miran por más tiempo el mismo reducido puñado de aplicaciones hacen a un modelo de negocios sumamente redituable. Pero, si bien no podemos afirmar que esté en decadencia, sí podríamos decir que parece algo viejo. Consultado sobre cómo mantenía Facebook gratuito, Zuck contestó a un senador poco avispado: «senador, nosotros ponemos anuncios». La publicidad se volvió algo tan naturalizado que hasta podemos poner en duda su eficacia. Múltiples fuentes, incluyendo un libro de Durán Barba, mencionan que de miles de anuncios que uno ve en un día solo puede recordar una minoría. Naomi Klein detalla en No Logo cómo las empresas basan sus estrategias de marketing en una ley de rendimientos decrecientes según la cual hay cada vez más publicidad, ergo cada marca tiene que poner más publicidad para destacarse (las marcas son como un tiburón, tienen que avanzar constantemente o se mueren).

Este fenómeno se basa en la oferta y la demanda1: en un marco de saturación de información, el bien escaso pasa a ser la atención humana. Esto lleva a una competencia por esos ojos, por la posibilidad de acapararlos y monetizar esos segundos/minutos/horas. Se ha repetido hasta el cliché la idea de que somos mercancía, pero los usuarios (nuestro nombre nos lo dice) mediante la mera utilización de las aplicaciones aportamos a la valuación de las empresas que nos ofrecen sus servicios de forma usualmente gratuita. La cantidad de información recopilada es tal que los algoritmos detrás de las aplicaciones son capaces de refinarse a un nivel que les permite perfilarnos, categorizarnos y rotularnos con una precisión estremecedora.

En castellano el nombre del chupete refiere a la acción que un bebé hace con él: lo chupa. En inglés, en cambio, el nombre es pacifier, es decir que es un objeto que se utiliza para calmar al bebé, pacificarlo cuando está irritable. Las pantallas cumplen ese rol pacificador una vez que dejamos el chupete. Cualquiera de nosotros que haya visto a une niñix de menos de diez años hemos presenciado con horror la naturalidad con la que los iPad babies agarran celulares y tablets para voluntariamente quedar paralizados y obnubilados por Peppa Pig2. Pero ¿quiénes somos nosotros para juzgarlos?

En el medio de un día estresante o luego de llegar a nuestras casas (en el camino si viajamos en transporte público) buscamos apaciguar nuestro malestar con un autorrecetado doomscroll en TikTok, Instagram, Twitter o ―en el caso de vuestro hipster servidor― Bluesky3. Pero como nosotros somos adultos4 tenemos capacidad de autocontrol (no), o al menos suficiente fuerza de voluntad para en algún momento del día (o por varios días si somos re k-pos y podemos resistir a la tentación) go monk mode. Y en esas ventanas de oportunidad es que podemos decidir dejar de sentirnos los humanos cuasi vegetales de Wall-E que viven hipnotizados por sus pantallas y tratar de conectar con algo que se sienta genuino en vez de sintético. Todavía no es demasiado tarde y sigue siendo posible tocar pasto. No se trata únicamente de una máxima cuasi hippie de conectar con la naturaleza, es también un llamado a ponerle el cuerpo a esta batalla (cultural). No somos solo mentes sobreestimuladas por influjos abstractos (en tanto intangibles) de información sino también dueños (por ahora) de cuerpos que insisten en su materialidad. El baile, el ejercicio, el deporte, el trabajo manual ponen en juego (muchas veces en el sentido más literal) una dimensión activa de nuestras vidas opuesta a la pasividad del consumo.

Werner Herzog film follows internet from its birth at UCLA | UCLA

Quizás solo se trate de una expresión de deseo, pero creo que, aunque no podamos return to monke y vivir una existencia absolutamente primitiva à la Ted Kaczynski, todavía hay cosas por hacer. Tal vez como corolario del revival de la estética y2k, pero hay indicios de una búsqueda por recuperar el sentido de exploración de la web de los principios de los 2000. Internet tal vez sea algo dado a estas alturas, un monolito ineludible, desde 2016 un derecho humano declarado por las Naciones Unidas. No es difícil sentirse derrotado cuando la realidad parece empeñada por abandonarse por completo a la sobretecnologización5. Pero hace veinte años Internet era un lugar al que uno iba, surfeaba unas horas y volvía al mundo real. Con voluntad, es posible emular esta distancia ontológica entre nosotros y la tecnología, concebirla y utilizarla como herramienta y no fundirla con nuestra identidad.

Cuando los clubes nocturnos en Berlín, Manchester o Ibiza prohíben filmar o sacar fotos se pone en debate el rol que los teléfonos ―el portal que nos permite acceder a la red y el grillete que no nos permite desprendernos de ella― cumplen en nuestras vidas. Pero más importante, como un familiar queriendo usar el teléfono en las épocas del dial-up, pone una pausa en nuestra conexión. Al impedir las grabaciones se nos fuerza a experimentar las cosas en lugar de documentarlas. ¿De qué nos sirve compartir con nuestros seguidores el registro de nuestras vidas si no podemos hacernos cargo de lo que significa ser protagonistas de ellas? Somos testigos constantes de escaparates de vidas ajenas siendo a la vez partícipes (colaboracionistas) del mismo juego de show and tell, lo cual nos deja en un permanente estado liminal en el que parece que vivir solo es posible en tanto exhibición y no como experiencia en sí misma. Las fiestas, los ayunos de dopamina, incluso el retorno de los jóvenes a la religión organizada6, son muestras de que, en momentos de incertidumbre, buscamos espacios que nos permitan interrumpir la abrumadora conexión constante y realmente conectar con aquello que sucede por fuera de una pantalla.

Después del auge y caída de varias tribus urbanas entre el fin del milenio y la década del 2000, los 2010s vieron la consolidación de un arquetipo que caminaría en la cornisa entre el mainstream y los nichos de contracultura: los hipsters. Con qué facilidad la sociedad podía mofarse de aquellos veinteañeros con camisas de leñador y anteojos de marco grueso, oficinistas haciendo cosplay de bohemios, haciendo cola para el BAFICI. El revival del indie sleaze se alimenta de la comodificación de la nostalgia. No es novedad que para el capitalismo tardío no hay lugares sagrados y la experiencia humana es plausible de ser diseccionada hasta su más mínimo componente con el objeto de vender más productos. Pero más allá de que el ciclo comprá este producto - este producto es ahora obsoleto, tiralo - este producto es cool otra vez, compralo de nuevo no se haya roto, y otrora los vinilos y en menor medida los cassettes, próximamente los CDs (you heard it here first!) sean emblemas de este mecanismo, hay algo en la resistencia a que todo objeto en nuestra vida sea inteligente.

Tal vez por la comodidad de reciclar aquello que funcionó en el pasado, tal vez por la impotencia generada por la dificultad de imaginar un futuro mejor, la estética de nuestros tiempos parece estar atascada en un loop de adicción a lo nostálgico, uno que hasta podríamos llamar Retromanía7. Sin embargo, como ser verdaderamente radical es hacer la esperanza posible, no la desesperación convincente8, es que me permito ser optimista respecto de ciertas tentativas pseudo primitivistas. Poniéndonos un poco new age podríamos decir que la hiperconexión nos desconecta y desconectarnos nos permite volver a conectar con nosotros mismos (Alexa, play Jamming by Bob Marley).

No solo la resurgencia de los dumb phones ni el lento pero innegable retorno de los blogs (será Substack the next big thing?), o el hecho de que la , también el fenómeno de que pareciera que hasta el último de nuestros amigos (incluyendo el autor de estas glosas) ahora es DJ. Elijo ver a los veinte-y-treintañeros que van con sus tote bags de Mubi al Gaumont como representantes de un mismo espíritu cuya llama se niega a apagarse. Lejos ha quedado el fingerstache pero en 2025 en Buenos Aires hay más cafés de especialidad que psicoanalistas: los hipsters han muerto, vivan los hipsters.

1

Que sea marxista no significa que reniegue de la economía clásica inglesa.

2

O, para usar una referencia hiper actual que justamente por eso pierda relevancia enseguida: Bombardino Crocodillo, Tralalero Tralala, Tung Tung Tung Sahur. El nombre mismo de esta “escuela” de memes (brainrot) es escabroso.

3

La aplicación que más uso es por lejos Discord pero me autoconvenzo de que el hecho de que yo contribuya al chat con mis amigues la hace menos una actividad de consumo y más una experiencia colaborativa.

4

Escribir un blog implica necesariamente hablarles a lectores imaginarios y en mi mente son adultos, pero si hay algún adolescente leyendo: bienvenidx, pasá, divertite con mis desvaríos.

5

Entiéndase esta entrada como una declaración formal de yihad contra los menúes en códigos QR.

6

Y pensar que escribí esto antes de la muerte del Papa.

7

O quizás no todo se debe a nefarios hombres de traje digitando nuestros destinos y el motivo por el que volvemos a géneros como la música disco es en realidad por una merecida reparación histórica dado que su declive se debe al racismo y homofobia de los yanquis, véase la Demolition Disco Night.

8

Si bien la cita de Raymond Williams es o apócrifa o una paráfrasis me sirve hacer referencia a ella en su forma más extendida.

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