Bob Loblaw's Law Blog

La obsesión con el imperativo

o ríe, canta, ama, baila, sueña, crea, descubre, abraza y... sé feliz


Siento que empezó con los carteles de Keep Calm And Carry On. Seguramente haya ejemplos anteriores, pero este fue el que primero creo que noté y que me irritó más y más a medida que la gente viralizaba esos pósteres malditos. Mi problema con ellos tenía mucho que ver además de con lo impersonal del cartel utilizando el imperativo (¿quién sos para decirme que me calme y siga?) con el mensaje y con el atractivo estético que simbolizaba.

Sobre lo último la anglofilia es algo que hallo particularmente muy molesto. Obviamente que hay muches britániques notables y muchas cosas agradables y admirables de esa cultura. Pero estos carteles de mierda más que un tufillo estaban hediondos de la anglofilia de la peor calaña: la que llora la muerte de la reina Isabel, la que admira a Lady Di, la que toma su café en su monoambiente en ciudad sudamericana en su taza con gráfica de double decker rojo pasando por enfrente del London Eye, la que insiste que “el inglés británico es TAN lindo” y procede a hacer la peor imitación del acento “británico” que une escuchó en su vida.

En esta tilinguería aspiracional se puede observar el auto-odio de les latines a lo autóctono, que ven virtuoso el supuesto estoicismo de les britániques en contraposición con la caótica cultura latina. De comprar una postal de Keep Calm And Carry On a decir que el subte en Londres funciona a la perfección porque “la gente allá tiene otra cultura” hay un solo paso. En estas demostraciones de anglofilia operan dos cuestiones, ambas auto-odiantes: la ignorancia sobre lo latino y la discriminación hacia lo indígena.

En el siglo veintiuno en la ciudad de Buenos Aires vemos cómo las personas con rulos han salido del clóset en el que estuvieron por décadas. Extrañísimo fenómeno de un país que ha creado su mitología en función de creerse europeo, negando sus elementos nativos. Una mitología en la que Argentina “is not like other girls (Latin American countries)”, un país pick-me en eterna búsqueda de validación por parte de los superiores europeos. No vaya a ser cosa de que alguien se confunda y se olvide de que los argentinos vinimos de los barcos. Pero a su vez, una vez que logramos distinguirnos de la imaginada masa trigueña que quiso la mala suerte que nos rodeara, llega el complejo de inferioridad y la operación auto-odiante.

Tememos que en el fondo no nos crean que Buenos Aires es en realidad (¡les juramos que sí!) esa extensión urbana de Madrid que por motivos desconocidos el Metro no ha logrado conectar. Sin embargo, y temiendo que sea insuficiente, en lugar de reafirmar una identidad italohispana se ubica el foco en aspirar a una Europa del norte inalcanzable. El auto-odio es primigenio a la construcción del Estado argentino, los inmigrantes mediterráneos no eran el elemento deseable para sustituir a los bárbaros indígenas y el país se construyó - contrario a los deseos de los estadistas del siglo diecinueve - en base a la convivencia o mezcla de estos europeos del sur y la población nativa. Este complejo de inferioridad constitutivo de la identidad argentina tiene como consecuencia el ridículo de que herederes de linajes impolutos de sangre indígena se enorgullezcan de sus ancestros españoles y se lamenten profundamente de tener horribles (!!!) ojos marrones o pelo con rulos.

Esos asquerosos ojos marrones en los que no puedo ni pensar sin asquearme ven superioridad estética y moral en la conducta reprimida de les ingleses (que es sinónimo de britániques pues todes sabemos que las distinciones y subjetividades no existen en la operación racista y esta ausencia inclusive la alimenta, aun cuando el racismo se aplique contra une misme). Este argentine se lamenta de no ser protestante y seguir las reglas, condenade por su caótica y ergo inferior cultura católica. De aquí que busque mensajes que le ordenen mantener la calma y seguir, que le impongan reprimir lo que lamenta es su naturaleza tendiente a la agitación y el descalabro. Poco importa si efectivamente sus impulsos son caóticos, menos todavía importa si realmente los impulsos de les ingleses no lo son (quizás lo son tanto como los de cualquiera, de aquí la necesidad del cartel en primer lugar), la clave está en creer en la potencia simbólica del cartel en tanto y en cuanto hermana a su dueñe con el pueblo inglés. Y así nuestre compatriota puede cerrar los ojos un momento y sentir que ese té Green Hills en saquito cultivado en tierras misioneras es clave para la transmutación del alma por error ubicada en un patético cuerpo sudamericano en un presentador de la BBC por un ratito nomás. Al fin y al cabo, quién pudiera ser un mayordomo en Downton Abbey.

La anglofilia es parte fundamental del atractivo del cartel de Keep Calm And Carry On pero no es su único argumento de venta. Este poster es parte de todo un mercado de carteles imperativos que buscan poblar el diseño que nos rodea. Es el fenómeno Eat, Pray, Love, película cuyo título en inglés mantiene el modo imperativo, elemento que mantuvo la traducción en España (Come, reza, ama) pero en Hispanoamérica se cambió por el infinitivo (Comer, rezar, amar). La frase es lo suficientemente simple como para que incluso aquellos que no pudieron ni aprobar el First Certificate puedan comprenderla en inglés, por lo que se puede tranquilamente poner en cuadros con tipografías horribles del estilo “Calligraphy” sacadas de dafont.com y decorar una cocina, por caso alguien olvidare alimentarse.

“Ama, ríe, sueña”. Yo debo admitir que por momentos las presiones de mi vida hacen que deje de amar, de reír y de soñar. Pero afortunadamente he podido resolver tamaño problema à la Memento, leyéndolo en carteles que mi yo del pasado inteligentemente colocó para subsanar mis episodios amnésicos. La pregunta es si quienes deciden decorar de este modo su casa obtienen una satisfacción adicional al agrado estético al ver estas frases. ¿Creerán por un momento que son felices porque saben que deben cantar, bailar y vivir intensamente? ¿Se considerarán poseedores de una enorme sabiduría por haber tropezado con una frase que parafrasea la conclusión trillada de que lo importante en la vida son las pequeñas cosas? ¿Entenderán que por tener acceso a esta sabiduría son superiores a sus conocides al enviarles imágenes con este tipo de frases? ¿O esto tendrá un carácter del tipo evangélico, “yo ahora conozco las buenas nuevas, mi deber es compartirlas”?

Y a pesar de todo esto el crimen más grave de este tipo de carteles es ser una creación de y para filisteos, hecha para boicotear la sensibilidad de las personas apelando a su miedo elemental y existencial al pensamiento superior o lo que Paul Fussell denomina en su libro Class el miedo de la clase media a la controversia. O para usar la misma analogía que recientemente se utilizó para hablar sobre la deuda externa: el consumo de estas imágenes es como la falopa, al principio es rica pero después te mata.

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