Bob Loblaw's Law Blog

Five hundred twenty-five thousand six hundred minutes

El esfuerzo, la retribución y la cultura del sacrificio


Revisé mi bandeja de spam y recibí un mail cuyo asunto decía "GANÁ UN SUELDO RESPONDIENDO". Le faltaba la palabra "encuestas". Pero lo que me entusiasmó fue la idea de ganar un sueldo. Otro sueldo. Pero rápidamente perdí el entusiasmo porque asumí que para ganar un sueldo respondiendo encuestas debería o ganarme un sorteo (difícil) o hacerlo todo el día, dado que nadie mágicamente me va a pagar sin trabajar. Pero a girl can dream, entonces me puse a fantasear un poco.

Me encantaría ganar el doble, el quíntuple, diez veces lo que gano ahora. ¿Por qué este afán? (Inmediatamente mi culpa judeocristiana aflorando) Y bueno, para poder sentirme libre de una buena vez, para poder vivir tranquilo, sin destinarle tanto de mi vida a trabajar y pudiendo destinarle el tiempo a vivir. Y a su vez, me gustaría ganarlo por hacer un mínimo esfuerzo, o ―idealmente― por no hacer nada. Pero asumiendo que mantengo mi trabajo actual, ¿qué tendría que hacer para ganar más? Alguien podría decir «esforzate más». Pero no es algo tan lineal, ¿o sí? Ni el esfuerzo se traduce en riqueza si es de por sí un factor fácil de medir. También hay un límite a lo que puedo esforzarme. Suponiendo que me fuera factible realizar el doble de esfuerzo no podría esforzarme en mi trabajo cinco o diez veces lo que lo me esfuerzo actualmente. Ni hablar de que yo, como muchísimas otras personas, cobro un sueldo fijo, sin importar cuánto trabajo pueda hacer por hora.

En otras palabras, la eficiencia no impacta en el salario. Y, sin embargo, hay gente que sí gana diez, cincuenta, cien veces lo que gano yo. ¿Se esforzarán diez, cincuenta o cien veces lo que me esfuerzo yo? Parecería que lo que muchos defensores de la cultura del esfuerzo ―que en la práctica se traduce en la postración voluntaria, el autoflagelamiento y la comparación con quien no está dispuesto a exprimir su cuerpa hasta agotar su pulsión de vida― lo hacen confiando en una retribución que nunca llega. Es una operación de pensamiento mágico en la que un benevolente jefe, sea real o celestial, se apiadará de ellos y los recompensará por su humillación. Detrás de cada boomer gorilón alabando el paro a la japonesa (son tan avanzados, hacen huelga trabajando el doble) se halla ―probablemente a su pesar― una añoranza al estajanovismo1.

Pero la pregunta de cómo ganar más plata, que oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos, persiste. Me encantaría ganar un dólar por segundo, ¿a ustedes no? 60 dólares la hora, un sueldo para nada deleznable. Si ganase un dólar por segundo tardaría, lógicamente, un millón de segundos en ser millonario. Y eso suena como... ¿poco? ¿mucho? Una rápida búsqueda en Internet dice que tardaría poco más de once días y medio en ganar mi primer millón. Menos de dos semanas para poder comprarme una casa grande en la que quepa tu corazón. En un mes casi tres casas en las que quepan tres corazones. O una mansión para un corazón sobredimensionado. Oh, las posibilidades de un chiste llevado más allá del límite de su gracia.

¿Y si ―codicioso― quisiese ganar mil millones? Angloparlantes me llamarían billionaire (oh my god!) y podría ir por la vida sabiendo que el punto de separación entre los ceros en mi cuenta bancaria (o en la cuenta que mis contadores administrarían en un paraíso fiscal remoto) me distinguiría categóricamente de prácticamente todo el resto de los mortales. ¿Cuánto tiempo debería explotar mi mágico mecanismo monetario? Si un millón lo hice en menos de dos semanas, mil millones solo requerirían... ¿¿CASI 32 AÑOS??

Los números grandes son difíciles de dimensionar. Pongamos otro ejemplo. El sueldo mínimo en Estados Unidos es de 7,25 dólares la hora pero varía dependiendo del estado. Asumamos un sueldo de 17 dólares la hora, el salario mínimo de Washington, D.C., el más alto del país. Ahora remontémonos seis millones de años al primer homo sapiens que existió en la historia del universo y démosle un sueldo mensual para que cobre por la eternidad. Sin hacer nada, 100% planero, sin necesidad siquiera de que se embarace para cobrar el plan. Si fuese mágicamente inmortal esa persona y por cada mes de su larguísima vida cobrase 3 mil dólares solo por existir (un poco más que 17 dólares la hora mensualizado), al día de hoy tendría 216 mil millones de dólares. Le faltarían cerca de 200 mil millones para alcanzar la fortuna de Elon Musk. Tendría que volver al pasado, pedir un aumento casi del 100% y vivir toda la historia de la humanidad otra vez para igualarlo.

La explicación matemática, además de ilustrar el absurdo de la acumulación a escala titánica (originalmente puse faraónica pero la riqueza de los multimillonarios del siglo XXI es mucho mayor), demuestra que detrás de la fascinación con el dinero como expresión numérica subyace un enorme vacío espiritual. El incremento del número que arroja Google cuando uno busca “Elon Musk/Jeff Bezos/Mark Zuckerberg net worth”, ese dinero que se empeñan en resaltar que es estimado/no líquido/variable por el valor de las acciones se fetichiza, se vuelve un fin en sí mismo. No importa lo que puedan hacer con esa plata (y sabemos que se puede hacer mucho), sino tenerla.

En una cabal demostración de su miseria, una vez Elon Musk respondió al director del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas, que le planteó que con 6 mil millones de dólares podía salvar a 42 mil millones personas de morir por inanición, desafiándolo a demostrar cómo podría hacerse y que si lo lograba vendería acciones de Tesla y donaría ese dinero. Las Naciones Unidas publicaron un informe sobre cómo se usaría ese dinero y Elon Musk simplemente dejó de contestar, optando por autodonarse 5,7 mil millones como transferencia a la Fundación Musk. Luego esa fundación donó unos míseros 160 millones (ya vimos lo dificultosos de imaginar que son los números grandes) a acciones de caridad. Para dar un ejemplo más frívolo de lo tacaños que son los ricos, Jeff Bezos quiso que Lady Gaga actuara en su nefasta boda a todo culo en Venecia. Ella pidió 6 millones y él se negó. Alexa, play Vicentico - Cortina de Gasoleros.

Hubo una época en la que los ricos tenían miedo de mostrar realmente cuán ricos eran: el recuerdo de la guillotina estaba fresco en el inconsciente colectivo. Ese temor parece haberse erradicado de la mente de la clase dominante. Parecerían, con sus Let them eat cake mofarse de la plebe. Y lo más grave es que tienen acólitos que —en un mecanismo que no puede explicarse sino como cope— justificarán que algo habrán hecho para tener esa riqueza. De nuevo, y casi filosóficamente, la riqueza es el número que se tiene, es la persona abriendo su home banking (dudo que estos pudrimillonarios tengan siquiera instalada una app bancaria en sus teléfonos) y viendo una cifra entrecortada por enésimas comas2.

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Marx describe y critica en El Capital el funcionamiento de la economía capitalista. Tras casi un siglo de revolución industrial, la tensión entre los polos estaba marcada muy claramente y la disputa entre ambos (la lucha de clases) giraba en torno de sus intereses contrapuestos. Por un lado, los trabajadores, con el interés de vivir la vida, para lo cual han asumido deben vender horas a su empleador a cambio de un salario, pero con la idea de utilizarlo para cubrir no solo sus necesidades físicas sino también sus «necesidades espirituales y sociales». Del otro lado, el capital, que tiene como única finalidad vital la de reproducirse y ampliarse a sí mismo, creando y apropiando plusvalor. Ahora bien, a esta figura parasitaria, Marx la va a ilustrar con una imagen gótica particular: «el capital es trabajo muerto que, como un vampiro, revive únicamente chupando trabajo vivo, y que vive tanto más cuanto más trabajo vivo chupa».

Muchos neoliberales, tanto de derecha como de izquierda (aquellos que en la facultad llamábamos despectivamente posmos), plantean que el capitalismo à la Tiempos Modernos no existe más, y con su muerte tampoco el obrero de mameluco. Gramsci (el favorito de los posmos) también decía que «el viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos». Y así como el trabajador fabril agoniza, el capital, ese vampiro viejo, también sufre una transformación. El capital productivo ha cedido lugar a la arrolladora fuerza del capital financiero. Mientras que el primero al menos podía argüir que creaba riqueza brindando trabajo, el capital financiero solo es dinero creando dinero. Ya no hay obreros que parasitar, la vida misma es un obstáculo para este nuevo monstruo: el zombi.

Estos muertos vivos están infectados por un virus que no es el woke mind virus que afectó a la hija de Elon Musk3 ni el KuK-12 sino el de la avaricia. Ahora bien, yo seré un zurditoempobrecedorbolcheviqueanarcokirchnerista incurable, y podría haber evitado ser tan pobrista si tan solo me hubiera atado al mástil antes de oír el canto de sirenas de esos carteles del PTS que rezaban «Nuestras vidas valen más que sus ganancias», y ni hablar de aquellos increíbles «Trabajar menos, trabajar todos, producir lo necesario, distribuir todo» (¿Cómo se cuida uno de estas infecciones?). Pero creo que la fascinación por la riqueza expone la pobreza espiritual al corazón del sistema. En tanto y en cuanto la acumulación se torna como fascinación abstracta un fin en sí misma, y en tanto y en cuanto se da en función de la desposesión de millones y millones y representa para ellos un dispositivo de prohibición de sus necesidades y placeres, ese capital es enemigo de la vida.

No deja de llamarme la atención que en un contexto de tanta supuesta abundancia, sea por la circulación del capital, por el aumento de la producción, por la creación de riqueza o por los adelantos tecnológicos (o por todo lo anterior), se siga enfatizando tanto la importancia de matarse trabajando. Lógicamente no habría de sorprendernos si las máquinas que automatizaban el trabajo no redujeron la jornada laboral ni con las planillas de cálculo, ni con la cadena de montaje, ni con la hiladora Jenny. La inteligencia artificial tiene el potencial para transformar enormemente la sociedad. Pero tengo poca fe en que signifique un cambio radical en el derecho al goce4.

Yo no espero ni pretendo que un lafarguismo espontáneo se sobreponga a la humanidad de golpe, pero sí me gustaría que repensemos las condiciones en las que nos vemos forzados a pasar nuestro breve tiempo en esta tierra5. Mélenchon planteó una vez (mejor que Byung Chul-Han) que el tiempo libre es el tiempo de la vida, que no es inactiva, sino de una vida que disponemos, en la que uno decide por uno mismo lo que va a ser. Apunto a romper con la idolatría moderna que representa el fetiche del dinero y a reconectar con el deseo, no el deseo del número sino el deseo del ser. No sé si necesariamente llegando al punto de medir el tiempo en amor6, pero sí quizás, haciendo una apelación a repensar aquello que hay de verdaderamente valioso en la vida.

La Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, refrendada en 1948 por las Naciones Unidas como la Declaración Universal de los Derechos Humanos, afirma que todos los seres humanos nacemos «libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como (estamos) de razón y conciencia, (debemos comportarnos) fraternalmente los unos con los otros». Sobre esta lógica están montadas nuestras estructuras jurídicas, nuestras currículas escolares y —la mayoría de— nuestras crianzas. Y, aunque este argumento del «socialismo del sentido común» es acusado comunmente de ingenuo o de insuficiente, esta fraternidad entre las personas es la lógica subyacente a la empatía que predomina en el trato cotidiano.

En definitiva, y aunque suene a cursilería, de lo que creo que se trata es de luchar por el ocio en tanto es un tiempo en disputa, una actividad (o inactividad) en la que se nos juega ni más ni menos que la humanidad. Para que —perdóneseme mi sensibilidad ricotera— vivir solo cueste vida y paguemos ese precio viviendo en la infinita plenitud de esa idea en vez de perdidos en la desesperación por sobrevivir. Así, incluso si esta tierra «es un lugar que no nos quiere ni nos va a dejar hablar, pensar, marchar, emborracharnos con el baile», que esto no se acabe acá. Mi pregunta persiste: ¿qué harían si ganaran un dólar por segundo? Yo, probablemente, dejaría de contar.

1

The children yearn for the mines Soviet Union.

2

Enésima es hiperbólico, en realidad son solo tres. He aquí el gran problema de que la mayoría de los multimillonarios sean yanquis ergo inviertan los puntos y las comas para nombrar los separadores de tres dígitos y decimales. Pienso en dos referencias culturales: el «club de las tres comas» parodiado en la serie Silicon Valley (y menos graciosamente en Mountainhead) y Dave Chappelle citando a Kanye West (los billonarios no visten su dinero).

3

De hecho, para redoblar en la imagen del zombi, Musk dice que el virus mató a su primogénita pero ella está vivita y coleando vogueando.

4

Según la memorable intervención de Pino Solanas en el Congreso en la discusión por la IVE: «Dios tuvo la grandeza de, junto a la creación, descubrirle al hombre y la mujer el goce, que es un derecho humano fundamental. En esta vida de profundos sacrificios, ¿no va a ser un derecho?».

5

Woody Allen famosamente lo plantea así: «Hay un viejo chiste de dos señoras ancianas en un resort y una dice “la comida en este lugar es realmente terrible”, y la otra dice “sí, lo sé. ¡Y las porciones son tan chicas! Bueno, así es como yo me siento esencialmente sobre la vida. Llena de soledad y miseria y sufrimiento e infelicidad. Y todo se termina demasiado rápido”.

6

No me opongo, algún día escribiré sobre el calendario republicano y el tiempo decimal y quedará claro que no me caso con la noción estandarizada de tiempo que manejamos actualmente.

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