
En 1899 se publicó en Francia la novela El jardín de los suplicios. Escrita por Octave Mirbeau, este libro propio del movimiento decadentista satirizaba la corrupción de la clase política francesa y las crueldades del colonialismo. En secuencias que evocan al Marqués de Sade el autor construye un collage de torturas y vejaciones para ilustrar su cosmovisión pesimista. Mirbeau se encontraba en plena crisis existencial, agudizada por el contexto político de Francia de aquel momento. En 1894 Alfred Dreyfus, un capitán del ejército francés, fue acusado de entregar secretos militares a Alemania y condenado a cadena perpetua en la Isla del Diablo, una colonia penal en la Guyana Francesa. La persecución era injusta y motivada por sentimientos antisemitas, y el verdadero espía, Ferdinand Walsin Esterhazy, pudo salir indemne del asunto. La familia de Dreyfus inició una campaña para limpiar su nombre hasta probar su inocencia, eventualmente consiguiendo el apoyo de figuras prominentes del campo intelectual como Émile Zola, que escribió su famosa carta J’Accuse...!1. El Affaire Dreyfus dividiría a la sociedad francesa entre dreyfusards y antidreyfusards (la maldita grieta Argen versus Tina). Casi ciento treinta años después otro Affaire lo cambiaría todo.

Mailén Pankonin sacó el disco Affaire en agosto de 2023 y en noviembre de 2025 llegó a los oídos de vuestro fiel servidor. Fue amor a primera escucha. Van meses y sigo obsesionado con él. Ya lo recomendé a mis conocides pero siento la espina de no haber evangelizado lo suficiente. Así que en agradecimiento por las horas de dicha que pasé y las que seguramente vendrán vayan estas líneas a modo de reseña y recomendación.

El sueldo no me alcanza para nada pero tengo mucha imaginación todavía
Ya escuché el disco muchas veces, pero dándole play una vez más para escribir esto el inicio me sorprende. Sé lo que va a venir pero el componente novedoso sigue estando. Lo primero que dice Mailén al abrir el álbum es inmediatamente relatable. No quiero entrar en una polémica viejo-le-grita-a-una-nube contra los músicos “Vesti’a con F de Fendi”, “Mis tenis Balenciaga me reciben en la entrada”, “Visto marcas europeas que no sé ni pronunciar”, etecé, etecé. Pero sí destacar que si voy a pasarme el 99% del tiempo que estoy despierto pensando en la plata me interpela más un artista que habla desde un lugar más cercano al mío (“¿En esta economía adónde vas?”).
Pablo (Peta) Berardi, miembro de Los Besos2 y Diosque es el encargado de la producción de este álbum. Y la producción se nota. Las canciones suben y bajan, van hacia un lugar y cuando creemos saber hacia dónde nos sorprenden con un cambio. Billetes, la primera canción del disco, ya nos pone en un mood. Pero ese estado de ánimo no es fácil de definir. El trance acaba de empezar. La producción es una de las patas sobre las que se para el disco. La otra es la expresividad lírica. Las letras parecen brotar de la canción. Pienso en Miguel Ángel sacando la estatua de dentro de la piedra, en Mailén cantando lo que las canciones inevitablemente tenían que decir.
Hoy me di cuenta cambia de estilo. Me mueve, me hace querer bailar (lo hice), pero nada me puede preparar para el cambio hacia el agudo en “ya bajé la térmica dentro de mí”. ¿Qué decir? Me encanta el pop. De nuevo la producción aparece con sus trucos con las vocales. Así como Billetes me dio ganas de oler cosas que huelen bien, esta me hace querer cerrar los ojos y sentirme protegide bailando entre amuletos pegade al sol.
Una dificultad a la hora de escribir esta reseña es que quiero transmitir lo que sentí la primera vez que escuché el disco, pero ya sé lo que viene. Aún así, es un álbum que al mismo tiempo que me da ganas cada vez que lo escucho de olvidarlo para descubrirlo nuevamente, retiene un elemento de sorpresa. Algo en la música o en mi cerebro (no lo tengo claro) activa un mecanismo de pequeños olvidos.
Este disco me hace sentir bien al escucharlo. Esto que parece una obviedad lo planteo no solo desde lo lineal de que me activa, me da ganas de bailar, me hace sonreír, me hace liberar dopamina, sino por algo más profundo que despierta en mí. En la fiesta de quince de una compañera de colegio pusieron en un momento de la noche Yo te diré de Miranda. No creo que haya sido la primera vez que escuché esa canción pero sí la primera vez que me detuve a escuchar la letra. Y cuando dijeron “La paródica alegría de oponernos ante el resto” algo hizo crack adentro de mi cerebro. Rascó una picazón en mi mente que no había sentido antes. No fue sexual pero se sintió sucio. El placer que esa frase me provocó —pensé— no podía ser menos que pecaminoso. Desde entonces, en los veintidós (ouch) años posteriores a Sin restricciones, tuve la dicha de sentir ese disfrute mediante la poesía numerosas otras veces. Fui capaz de identificarlo y hasta de sentir menos culpa (qué pesada la tradición judeocristiana). Affaire está plagado de barras así.
Hay en las letras una noción de juego-experimento. Me evoca a un proceso que intuyo en las letras de Paula Trama (“Flor de la noche, bosque, ¿me escuchás? Cierro esta carta con mi lengua, el metal contará por mí. A donde la noche ya no es tuya, la luz que en unas arandelas hizo flash mostrará por mí: todo”.) y también en Juana Molina (“Te abandoné esa noche que dormías / busqué mi nombre en el abecedario / no encontré ni la inicial / quizás esté en algún escapulario”). No queda en el texto, la magia se subraya (en los tres casos) con la delicada ejecución vocal. El uso de la voz como instrumento es algo que muchas veces damos por sentado pero es imposible de no notar en Affaire. Coros etéreos, loops, exploraciones de graves y agudos conforman un laboratorio vocal que se despliega a lo largo del álbum.
No te quiero más y A dónde destacan sin desentonar. La primera por ser la canción más rockera del disco y por ser la única colaboración. La banda Lenin Tiene Hambre le añade a un álbum que ya tenía elementos variopintos (pop, techno, reggaetón) una nota punk. Es una canción que invita a hacer pogo mientras reímos (“Me voy a matar o a teñirme el pelo”). A dónde sobresale por ser el único cover que tiene el disco. Es un synth-pop que pide a gritos ser reproducido por altoparlantes. No quiero dejar de mencionar Apareces, mi canción favorita, que resume la esencia del disco echando mano a todos los recursos de producción y sumando un sampleo de la canción Juanito Guitarra de Sandro.
Volviendo a lo que me hace sentir: ganas. De bailar, sí, y también de caminar por la calle. De día, de noche. De manejar, de viajar como pasajero en el asiento de atrás mirando por la ventanilla. De cruzar miradas. De cerrar los ojos y que nadie me mire. De que me miren. En definitiva, y a riesgo de caer en la cursilería, este disco me genera algo que no es menor en estos tiempos de lenta cancelación del futuro: ganas de vivir. O, en palabras de Mailén: “Ya sé que no hay ningún dios al cual rezarle pero es temprano para que ni siquiera podamos especular”.
La cual inspiraría más de un siglo más tarde a una prominente intelectual argentina, Margarita Stolbizer.
Sabía antes de ponerme a tipear esto de la participación de Peta Berardi. Pero tras escribir uno de los párrafos (mientras sonaba Despejarte), miré de costado la pantalla de mi computadora y me sorprendió ver otro nombre familiar. Federico Frágala, también miembro (tecladista) de Los Besos, es el ingeniero de máster del álbum.