
(Este lo publiqué en mi blog el 14 de julio de 2024, no sé por qué quedó en borradores pero acá va publicado para que quede aunque sea en el archivo)
Richard Spencer da una entrevista a un medio de noticias australiano en Washington, D.C. el día de la investidura presidencial de Donald Trump. Repentinamente una persona encapuchada entra de costado al plano de la cámara y lo golpea fuertemente en la cara. En Internet la opinión se divide. Una izquierda más radical, shitposters y gente «no tan politizada» pero con sentido del humor aplauden al justiciero anónimo. Como diría Jeb Bush al ser consultado si mataría a un Hitler bebé en un escenario hipotético en el que viajara al pasado: «Hell yeah!». Pero otro sector del espectro político, mucho más mainstream (lamestream), con sus capilares nasales quemados de tanto oler el formol de la respetabilidad, la sensatez y la cómoda solemnidad de ser socialdemócratas, lo condena.
Turning and turning in the widening gyre
The falcon cannot hear the falconer;
Things fall apart; the centre cannot hold;
Mere anarchy is loosed upon the world,
The blood-dimmed tide is loosed, and everywhere
The ceremony of innocence is drowned;
The best lack all conviction, while the worst
Are full of passionate intensity.
— W. B. Yeats, The second coming
Como una abuela retándonos con el planteo de que «juego de manos, juego de villanos», las voces autorizadas de la opinión pública advierten que la violencia no es el camino. Desde la altura moral de sus patéticos púlpitos imparten la lección de que el debate libre de ideas es lo que hará imponerse a los valores liberales. Pero detrás de este discurso pluralista no hay nada más que wishful thinking alfonsinista y nada bueno viene de darle una plataforma a personajes de esta calaña.
Después del incidente el Washington Post hizo un perfil de Richard Spencer, en el que se esforzó por humanizarlo, y si bien la nota menciona que hay varies que lo acusan de ser un neonazi, también admite el pseudónimo inofensivo de alt-right para rotular sus ideas. El New York Times también hizo una nota sobre un nacionalista blanco en Ohio, a quien describe como el nazi sympathizer next door (uwu). Ahora bien, ¿qué hacemos con estas personas, sus movimientos y sus ideas?
En el acto de enfatizar el debate de ideas se oculta lo que alguna vez fue el consenso sobre qué hacer con los extremismos de derecha: combatirlos. Una industria cinematográfica entera se fundó sobre la narrativa de la lucha contra el nazismo. Ya sea como caricatura o como bando derrotado en batallas épicas el nazismo se convirtió en el gran villano de Hollywood, plasmando en celuloide la mitología global post 1945.
Visto a través de este prisma, el encapuchado que golpeó a Richard Spencer solo estaba haciendo lo que Indiana Jones nos enseñó que había que hacer cuando une se encuentra con un nazi: (como mínimo) golpearlo. Y esto, a su vez, halla su legitimidad fuera de la pantalla grande, en la ideología que conforma el propio tejido de nuestra sociedad contemporánea. Si la industria cinematográfica muestra triunfal y campante cómo «los buenos» (sean estos arqueólogos, doctorandos en Historia en la Universidad de Columbia [Dustin Hoffman en Marathon Man] u obviamente y simplemente miembros del ejército) derrotan con justa causa a «los malos» (los nazis, estén estos dentro o fuera del campo de batalla), es porque la propia historia de nuestras sociedades modernas se ha escrito a partir de victorias en batallas en las que la metodología fue la violencia (política).

Quizás suene obvio a quienes lean esto pero nuestras naciones modernas, tanto aquellas ex colonias como las mismas sociedades europeas, se fundaron sobre las bases del colapso del ancien régime. A este antiguo régimen se lo derrotó a través de la insurrección armada y estuvo bien. Hoy en día, mientras una de cada cinco personas vive bajo la línea de pobreza y la desigualdad económica en Estados Unidos está cerca de su máximo histórico, la influencer Haleyy Baylee grabó un video tras presentarse en la Met Gala repitiendo la frase de María Antonieta Let them eat cake. Los gritos de eat the rich no tardaron en aparecer.
Dado que la nobleza francesa vivía suntuosamente mientras en las calles de París la gente moría de hambre, esta situación injusta legitimó las acciones violentas de la Revolución Francesa como acciones justas en tanto reivindicación histórica. Dado que la dominación colonial británica era asimismo injusta, fue justo que George Washington liderase la insurrección violenta contra el rey Jorge. Y obviamente nadie cuestiona la violencia de las guerras de independencia latinoamericanas dado que ―nuevamente― en tanto la dominación colonial era injusta (y violenta) un levantamiento, por más violento que fuere, estaba justificado. Es decir que la violencia legítima, al igual que la belleza, está en el ojo del espectador. Ergo, la(s) violencia(s) se miden con distintas varas. Casi como si no fuera una variable unívoca en el análisis crítico.
¿Qué es el asalto a un banco comparado con la fundación de un banco?
— B. Brecht, La ópera de los tres centavos
El rechazo de plano de la violencia como atributo absolutamente contingente no hace sino ocultar el carácter violento de la cotidianeidad de nuestras vidas (o como dijera el slogan de Puertas Pentágono: «más duras que la realidad»). No hace falta ser Hobbesiano para admitir que ―como dijera más de un cartel― el sistema no cierra sin represión. Ahora bien, nuevamente podemos pensar que esta acción represiva que halla su expresión más explícita en un cuerpo de policía (o de carabineros, o de gendarmería o del ejército, etecé, etecé) sofocando una protesta tampoco es una manifestación contingente de la violencia que como un bosón de Higgs se aparece literalmente de la nada para volver a desaparecer. Hemos de leer en este mecanismo de aparición y desaparición como-por-arte-de-magia una ilusión.

Ante la desaparición de lo violento retornaríamos a una homeostática situación de paz. Pero así como un golpe de puño, un disparo o una bomba hacen fácil de comprender el momento de lo violento, los indicadores de lo pacífico son más esquivos pues se definen por la ausencia o la antonomasia más que por su valor intrínseco. En los ejemplos que mencionábamos supra, la toma de la bastilla, así como las insurrecciones armadas que derivaron en las guerras de independencia americanas, fueron los catalizadores violentos de tensiones reprimidas hasta el momento del desborde. Como en una olla a presión ―dado que ya admitimos en este escrito analogías con la física― hay fuerzas asimétricas en oposición y una prima sobre la otra en un statu quo empero inestable. Echando mano a otra analogía del mundo natural exploremos entonces no el momento de la erupción volcánica sino cómo se sostiene la ilusoria calma que la antecede.
Lo que debemos explorar es que la acusación de los arrebatos violentos como ilegítimos exponen la falsa legitimidad sobre la que descansa el mantenimiento del corpus ideológico del sistema. Los exabruptos violentos, desde golpear a un neonazi enfrente de unas cámaras de televisión hasta un atentado terrorista cumplen, aunque sea relampagueando en el instante de peligro, la función de zamarrearnos buscando ―quizás en vano― despertarnos del anestésico sopor en el que atravesamos lo mundano.